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Apuntes sobre las relaciones entre alimentación y cultura

13 de mayo de 2011

Iba a presentaros hoy una entrevista realizada al novelista nacido en Estados Unidos Safran Foer, que acaba de editar un libro titulado Comer animales, donde reflexiona sobre el consumo de carne en nuestras sociedades.

La entrevista os la presento en la próxima entrada porque escribiendo sobre ella he acabado centrándome en otro tema relacionado y que me parece muy interesante. Al final, el artículo de hoy consiste en una serie de reflexiones, que no pretenden ser exhaustivas ni dogmáticas, sobre la influencia de la ideología subyacente en una sociedad en las prácticas de alimentación que se llevan a cabo en ella.

Hoy más que nunca os animo a pensar sobre estas cuestiones y a dejar vuestras opiniones, puesto que, si se genera un debate interesante, todos saldremos ganando.

Una advertencia, aquí cuando hablo de género me refiero a las diferentes prácticas y posiciones sociales que las sociedades sugieren dependiendo de que una persona sea un hombre o una mujer. En otras palabras, a los roles socialmente aceptados asociados a los sexos admitidos en una sociedad.

Entrando en materia:

La alimentación es una práctica moral. Cualquier dieta incluye una serie de directrices, de las que no somos muchas veces conscientes, sobre lo que se está bien o no comer, cuando comerlo, junto a qué, que se han desarrollado dentro de cada cultura hasta aparecer como completamente normales. Se puede ver lo complicado que es para muchas personas cambiar de dieta o la perplejidad que genera la gente que sigue unas dietas diferentes a la estándar y que rápidamente se catalogan: ovolactovegetariana, vegana, vegetariana, etc. marcando claramente la separación con la dieta seguida habitualmente, que no merece ningún calificativo de lo normal que es. Sin embargo, ninguna dieta es normal.

En realidad, no hay una dieta normal dentro de nuestras sociedades y más hoy en día, cuando las transformaciones sociales de los últimos años han destruido, en buena parte, la cultura culinaria que se había desarrollado desde hace cientos de años hasta hace dos décadas. Por decirlo de otro modo, es bastante probable que las nuevas generaciones hayan perdido los conocimientos sobre alimentación que tenían, no sus antepasado de hace dos siglos, sino sus madres. Por eso, no se puede hablar ya de una dieta española, por ejemplo, puesto que las prácticas de alimentación actuales en  nuestras sociedades están en buena medida desestructuradas.

Porque este es otro detalle, los conocimientos sobre alimentación eran y siguen siendo femeninos y considerados como femeninos, como demuestra el desprecio que muchos hombres sienten por todo este tipo de tonterías como el qué se come. Estamos ante un punto fuerte dentro de la cultura patriarcal y un análisis de los llamados de género es imprescindible para entender las prácticas culinarias dentro de una sociedad.

De un lado, históricamente, y hoy en día, la alimentación del grupo ha sido una práctica que han llevado a cabo las mujeres dentro de las familias. Esto, junto a otras consecuencias políticas, ha repercutido en la poca importancia que el varón suele dar al hecho de la alimentación y al prestigio social asociado a ella. De hecho, ahora existe una mayor preocupación masculina por este campo, que se ha convertido en arte y ha conocido la aparición de los grandes chefs. Casi todos hombres. Curioso esto, durante la última parte de la existencia humana, al menos desde que existen registros escritos (y este, el de la representatividad o verosimilitud de una Historia inventada, porque toda historia es un relato mítico, una religión, en base a registros escritos, me parece un asunto muy complejo y en el que no voy a entrar), la mujer se ha encargado de la preparación de la comida pero, justo cuando se da importancia social a las prácticas culinarias, no es para valorar todo el conocimiento culinario y de nutrición acumulado principalmente por las mujeres sino para presentar a unos nuevos triunfadores sociales: los grandes chefs, capaces de conseguir el sabor de la tortilla de patatas a partir de un alga y una espuma, por poner un ejemplo. El triunfo absoluto del sabor, del deleite del paladar, la comida convertida en sabor y placer, puro entretenimiento. Restaurantes donde no vas a comer sino a disfrutar sabores y a hacer valer un status social.

Por otra parte, ahora las mujeres están incorporándose en masa al mundo laboral, en parte porque, en la actualidad, la precariedad en que vivimos hace que sean necesarios dos sueldos en lugar de uno y, en parte, como resultado de las luchas de la mujer por cambiar su posición subordinada al hombre y conseguir un puesto en la calle, en lo social. Unido a esto, la apabullante presión social sobre la mujer en el ámbito de la estética ha transformado el clásico y profundo conocimiento femenino sobre alimentación. Y lo ha convertido en unas prácticas, muchas veces erráticas, cuyo objetivo es alcanzar los imposibles estándares estéticos que decoran todas las calles de las ciudades hasta el hastío. Se puede aventurar que esos modelos, entre otros factores, han contribuido a desprestigiar el conocimiento culinario tradicional, que en ningún caso tiene como objetivo conseguir esos cuerpos, y a inculcar unas prácticas de alimentación, muchas veces aberrantes, cuya base son unas dietas hipocalóricas y muy poco saludables que permitan a las  mujeres estar tan delgadas y bellas como se espera de ellas. Esto no es sólo un sinsentido, es una estafa. Es una práctica social dirigida cuyo objetivo es la obtención de beneficios.

Entre los sectores que obtienen pingües beneficios de esta situación encontramos desde las multinacionales textiles (que venden la ropa de moda), las de alimentación (que llenan los supermercados de productos precocinados de escasísimo nivel nutritivo), las de cosméticos o la industria farmacéutica (beneficiada, como la que más, de la poca salud de nuestras sociedades, que han acabado asumiendo la medicación habitual, con drogas, como algo normal).

No en vano los antropólogos dicen que la alimentación es un hecho social total, dado que en ella se reflejan las perspectivas sociales, económicas, ideológicas o míticas de la sociedad. Por ese motivo es tan complejo el análisis así como el cambio de esas prácticas. No es de extrañar que la mayor parte de las dietas que las personas se ven obligadas a seguir, por una u otra causa, ya sea la salud o la estética, acaben fracasando. En una dieta se incorporan una serie de valores ideológicos profundos asociados a la cultura en la que se vive y para transformar la alimentación es necesario transformar algunos de los puntos fuertes de la ideología subyacente. O al menos tener la voluntad de hacerlo. En otras palabras, creemos que para que una dieta funcione la ideología que hay detrás tiene que convencer a la persona que sigue la dieta. Esta puede ser una explicación de por qué las personas que siguen dietas vegetarianas, por ejemplo, las suelen seguir de forma bastante seria mientras que las personas a las que su médico de cabecera les indica una dieta restrictiva la abandona pronto, bien porque la dieta es temporal bien porque se cansan de ella. Para unos, su dieta tiene un profundo sentido dentro de su visión del mundo, mientras que, para los otros, es una necesidad impuesta desde fuera, ya por el médico ya por esos niveles altos de colesterol.

Creemos que es necesario incorporar una idea muy difundida pero que no ha calado lo que debería. No es lo mismo entender algo mentalmente que incorporarlo como un conocimiento. El hecho clave es este: eres lo que comes. No simbólicamente, como un hecho. Tu cuerpo, que eres tú (aquí entraría la división cuerpo y alma que tanto daño, me parece, ha hecho y sigue haciendo), se reconstruye a través de los alimentos que ingieres. Incorporar este conocimiento implica, me atrevo a decir que necesariamente, una transformación en las relaciones de uno con los alimentos y la alimentación y puede que hasta con el entorno.

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